01
La pasta con chamota y su resistencia al choque térmico
El raku somete la pieza a una violencia térmica que ninguna otra cocción habitual repite: pasa de unos mil grados al aire frío en cuestión de segundos, y poco después al contacto con materia vegetal que arde. Una pasta pensada para torneado fino y cocción lenta rara vez aguanta ese trato. Por eso la primera decisión del taller no ocurre delante del horno, sino en el momento de amasar.
La chamota —arcilla ya cocida y molida que se añade a la masa cruda— es el recurso habitual. Actúa como un esqueleto de partículas que ya no se contraen: abre la pasta, reparte las tensiones y frena la propagación de las fisuras. Proporciones en torno a una cuarta o una tercera parte del volumen total son frecuentes en las masas de raku, con granos medios o gruesos cuando la pieza va a ser voluminosa y más finos cuando importa el tacto de la superficie.
El grano tiene consecuencias que se notan mucho después. Una chamota gruesa da seguridad térmica, pero deja una superficie áspera que raspa al tornear y que absorbe el esmalte de forma irregular. Una chamota demasiado fina devuelve tersura y pierde parte de la protección. La elección no es abstracta: depende del grosor de pared previsto, del tamaño de la pieza y de si se busca un esmalte extendido y limpio o una superficie rugosa que se llene de carbón.
A la chamota conviene sumarle disciplina en el grosor. Las paredes desiguales acumulan tensión en los cambios de sección, y esos puntos son los primeros en abrirse al salir del horno. Una pared uniforme, sin bases macizas ni transiciones bruscas entre el cuerpo y el cuello, hace más por la supervivencia de la pieza que cualquier aditivo.